Animación 3D, VFX y cine
desde dentro de la industria.
«Aún llevo el mapa arrugado en la mochila, surcado por las líneas fluorescentes que marcan los stands de cómics y las arenas de juego. El mismo mapa que consulté una y mil veces en la web, estudiándolo como un general antes de la batalla, pero nada, nada en esa pantalla pudo prepararme para el torrente de vida que latía dentro. Cruzar la puerta del recinto fue como abrir un portal a una dimensión donde la nostalgia es un aire respirable y la pasión, un campo de fuerza tangible».

El aire cambió de repente; ahora olía a palomitas con mantequilla de cine, a plástico nuevo de figuras recién desembaladas y a esa electricidad estática que solo se siente cuando cientos, miles de almas frikis vibran al unísono, creando una frecuencia que hace temblar el suelo. Y entonces, en medio de ese caótico y maravilloso Big Bang, sucedió.
Giro la esquina del primer pasillo de expositores, abriéndome paso entre un grupo de chicas con vestidos Lolita y un hombre con una armadura de la Guardia Imperial, y ahí, con su respiración artificial—ese silbido mecánico y ominoso—cortando el jaleo como un cuchillo, estaba él: Darth Vader, no un cartel, no una figura de resina en una estantería. Él. Imponente, oscuro, con la capa negra cayendo con una majestuosidad aterradora, captando la luz de los neones y devolviéndola al vacío.
Nuestros ojos se encontraron por un instante (o al menos, sentí que lo hicieron a través de la negrura de ese casco helado) y una sonrisa de puro asombro, la misma que tuve a los siete años, se dibujó en mi cara. No era el actor de una película; era la encarnación de mi infancia, de todas las batallas con sables de luz hechos con tubos de piscina en el patio. Ese primer minuto en Freak Wars ya lo había hecho todo. Valió cada segundo del viaje, valió la pena aceptar la invitación a sumergirme en este océano de nuestra propia cultura.

Decidí perderme a propósito, dejar que el flujo de la gente—una corriente de superhéroes, demonios de anime y cazarrecompensas—me llevara. Y fue entonces cuando el mapa abstracto cobró vida, convirtiéndose en un territorio lleno de reinos y provincias distintas.
Mi primera parada fue el rugido sordo de la arena: la zona de torneos. El susurro constante e hipnótico de cartas siendo barajadas con una destreza milimétrica me guio como una sirena hasta allí. Me colé entre las mesas, un laberinto de concentración pura, y me senté en una silla libre al fondo. Delante de mí, un chaval con una camiseta de Agumon sudaba tinta frente a una chica que movía sus tierras y criaturas de Magic: The Gathering con una tranquilidad de oráculo. No eran solo jugadores; eran generales en un campo de batalla de estrategia pura, donde cada jugada era un discurso silencioso cargado de tensión dramática.
El «¡Activo el Orbe de los Deseos!» que escuché a mi izquierda, seguido de un gemido colectivo de la audiencia, me transportó instantáneamente a mi adolescencia, a esas tardes interminables en la trastienda de la tienda de cómics, donde una carta rara era el tesoro más preciado y una victoria, una leyenda que se contaría durante semanas. Aquí, en Freak Wars, ese espíritu no solo sobrevivía, sino que tronaba, demostrando que el tapete de juego es un territorio tan épico como cualquier galaxia lejana.

Huyendo del claustrofóbico y emocionante silencio de los duelos, me dejé llevar por una explosión de color, luz y el bombo sónico de una base dance. Era la zona de Just Dance, un microclima de pura y desinhibida alegría. Un círculo de gente aplaudía y reía mientras en la pantalla gigante un grupo de amigos, sudando y con la cara colorada, intentaba seguir el ritmo imposible de una canción de K-Pop, sus movimientos convirtiéndose en una comedia gloriosa. Los pasos eran torpes, las risas eran estridentes, y era perfecto. No había juicio, solo complicidad, el reconocimiento mutuo de que estar ahí, intentándolo, era el verdadero premio.
Unos metros más allá, las máquinas arcade retro emitían su canto de sirena, un zumbido de circuitos de los 90 que llamaba a la nostalgia más visceral. Me acerqué a una Mortal Kombat con los botones gastados y, por un euro, mis dedos recordaron por sí solos, con memoria muscular de otra era, el “fatality” de Scorpion. «¡Get over here!». La pantalla se tiñó de rojo. El chico contra el que jugaba, un completo desconocido con una gorra de Pikachu, me dio un puñetazo en el hombro en plan bueno, una sonrisa de resignación divertida en su rostro. No hicieron falta palabras. El lenguaje de los “hadoukens” y los combos era el único necesario.
El siguiente giro de esquina fue, quizás, el más impactante a nivel humano. Me adentré en el mercado de los sueños, la zona de artistas y creadores independientes. Y fue abrumador. Pasar de la grandiosidad industrial de Vader a la intimidad vibrante de estos puestos fue un contraste precioso y necesario. Aquí la magia no era corporativa, era artesanal, surgida de mesas de luz y noches en vela.
Me paré ante una mesa donde una chica, con una concentración absoluta, pintaba acuarelas de personajes de Ghibli con una delicadeza que quitaba el hipo, cada pincelada dando vida al bosque de Mi Vecino Totoro. Un poco más allá, un artesano con unas gafas de aumento soldaba con precisión de cirujano los componentes de un llavero con forma de Pokéball que se iluminaba al pulsar el botón.
Me detuve a hablar con un dibujante que hacía retratos de superhéroes con el estilo vintage de los carteles de viajes de los años 50. «Este es mi Hulk», me dijo con un orgullo tranquilo mientras señalaba una obra donde el Hombre Increíble descansaba sobre las ruinas de una ciudad como si fueran las playas de Río. «Quería darles esa épica de una era pasada, ¿sabes?». Asentí. Compré un pin de Totoro. No era solo un pin, era un pedacito de su talento, un tributo, un recuerdo tangible de que la creatividad individual es el verdadero superpoder de nuestra tribu.

Y entonces, llegó el espectáculo máximo, la catedral donde la devoción se hace carne: el escenario del Cosplay. Me abrí paso entre la multitud, un mar de cámaras de teléfonos levantadas como ofrendas, justo cuando empezaba el desfile. Y ahí, fue cuando se me escapó un «¡guau!» en voz baja, un susurro de auténtico asombro. No era un concurso de disfraces. Era una lección de amor, de artesanía y de valentía. Una “Chihiro” de El Viaje de Chihiro con una expresión de asombro tan genuina y frágil que casi podías ver a los espíritus sin forma revoloteando a su alrededor.
Un “Spider-Man” de Into the Spider-Verse con un traje que parecía salido directamente de la animación, con sus efectos de línea de puntos y colores fuera de registro, un milagro de licra e ingenio. Una “Mulan” con una armadura hecha a mano de “foam” y “Worbla” que brillaba bajo los focos con la fuerza de su honor. La gente vitoreaba, no solo a los ganadores, sino a cada persona que subía al escenario, cada uno con su historia de horas de costura, pegamento y dedicación. Era el aplauso al esfuerzo, a la osadía de encarnar a tus ídolos y, en el proceso, de encontrar una versión más épica de ti mismo. En ese momento, bajo las luces del escenario, no éramos un público anónimo; éramos una familia animando a los nuestros, celebrando el coraje de mostrarse.

Al final, con los pies doloridos y la mochila un kilo más pesada de tesoros—el pin, una carta de intercambio, un parche bordado—, me senté en un rincón a observar el ocaso de la feria. Vi a un padre con su hija pequeña, ambos con camisetas gemelas de Star Wars (la de él, la clásica; la de ella, de Baby Yoda), compartiendo un helado de vainilla azul. Oí a un grupo de jóvenes debatir acaloradamente, con mapas desplegados, sobre el mejor arco de One Piece y la localización exacta de Laugh Tale. Vi abrazos entre desconocidos que se reconocían como almas gemelas bajo un disfraz de Genshin Impact o una camiseta de una serie de culto.
Freak Wars no era la lista de actividades de su web. Era esto. Era el latido sincronizado de miles de corazones que, por un fin de semana, dejan de latir en la periferia para convertirse en el centro del universo. Era la prueba tangible, sudorosa y gloriosa, de que aquel niño que fui, el que soñaba con ser pirata espacial o Jedi errante, no solo no había desaparecido, sino que había encontrado su reino, su tribu. Y ahora, de vuelta a casa, con el eco de la respiración de Vader y las risas de Just Dance aún en mis oídos, y el olor a silicona nueva y algodón dulce impregnado en la ropa, solo puedo pensar una cosa: hasta el año que viene, familia. La guerra freak nunca termina, solo se aplaza hasta la próxima batalla. Y en este frente, todos somos bienvenidos.

AUTOR
Director Académico | Director General Educativo | Especialista en Transformación de Escuelas Creativas