Animación 3D, VFX y cine
desde dentro de la industria.

No puedo comenzar este artículo sin aclarar el significado que se le dará a la palabra «mediocridad» a lo largo de él, ya que este término carga con un peso cultural que necesitamos desmontar antes de poder avanzar.
La palabra «mediocridad» proviene del adjetivo latino mediocris, que a su vez se compone de medius («medio») y ocris («montaña»). Su significado etimológico original es, literalmente, estar a mitad de la montaña. Y si lo piensas bien, ¡qué lugar más interesante!
“Estar a mitad de la montaña significa que no estás al pie, estancado en el punto de partida”. Ya has recorrido terreno, has superado obstáculos y has ganado altura. Pero tampoco estás en la cima, lo cual significa que todavía te queda camino por recorrer, territorio por explorar y vistas por descubrir. Desde este punto intermedio, puedes permitirte mirar hacia abajo y sentir orgullo al ver todo lo que has superado; y al mismo tiempo, mirar hacia arriba y dejarte inspirar por la curiosidad de lo que aún te espera, ese horizonte de posibilidades que te motiva a seguir explorando.
En la industria hipercompetitiva en la que vivimos, parece que todos tenemos la obligación de ser expertos consumados en algo específico. Si no lo eres, si te atreves a admitir que estás «en medio», te arriesgas a ser etiquetado como mediocre en un sentido peyorativo: una persona conformista, sin ambición, que se ha rendido antes de alcanzar la excelencia. Pero ¿qué pasa si te digo que, por muy experto que seas, siempre estarás, inevitablemente, en el punto medio de la montaña?
En psicología moderna se habla del «Efecto Dunning-Kruger», un sesgo cognitivo que describe una paradoja fascinante: las personas con conocimientos limitados en un área tienden a sobrestimar su competencia, creyendo que saben mucho más de lo que realmente saben. Mientras tanto, los verdaderos expertos experimentan exactamente lo opuesto. Cuanto más aprenden, cuanto más profundizan en su campo, más conscientes se vuelven de la vastedad de todo lo que aún ignoran.

Y es que esta idea de «llegar a la cima» es, en sí misma, una ilusión. Porque si ya has llegado a la cumbre de la montaña, si te consideras un «verdadero experto» que lo sabe todo sobre su campo, ¿qué aburrida sería la vida, no? Ya no quedaría camino por recorrer, nada nuevo por descubrir, ningún error interesante que cometer ni nada significativo que aprender. La cima, paradójicamente, es el lugar más limitante donde puedes estar.
Mi abuela siempre decía que la virtud está en el término medio, y con la perspectiva que dan los años, creo que tenía más razón de la que incluso ella imaginaba. Ese punto intermedio no es un lugar de conformismo, sino de equilibrio dinámico. Es el lugar donde tienes suficiente conocimiento para ser útil, pero suficiente curiosidad y humildad para seguir aprendiendo.
Así que quizás es momento de hacer las paces con este punto intermedio y reconocerlo no como un fracaso en alcanzar la cima, sino como el lugar más fértil para la creatividad y el crecimiento continuo.
¿Y si la mediocridad fuese exactamente lo que necesitamos para avanzar y ser más creativos? Esta pregunta puede sonar contraproducente en una industria obsesionada con la excelencia técnica. Pero estar en ese territorio intermedio, no en la cima donde supuestamente reside la maestría, te otorga una perspectiva única y tremendamente valiosa.
Desde ahí puedes explorar direcciones que un «verdadero experto» descartaría de manera automática e inconsciente, simplemente porque su experiencia le dice que «eso no funciona» o «eso ya se intentó».
Esta posición intermedia te libera del peso paralizante del juicio, tanto el que ejerces sobre ti mismo como el que temes de los demás. Cuando no tienes una reputación de “verdadero experto” que proteger, puedes permitirte experimentar, equivocarte y aprender sin la presión de tener que acertar siempre. Ser mediocre, en este sentido renovado y positivo, significa lanzarse a la curiosidad pura sin la carga de la maestría.
Aceptar que eres y serás «mediocre» en muchas áreas, te permitirá avanzar por caminos interdisciplinarios que despierten tu creatividad de formas inesperadas. Porque aquí viene la pregunta crucial: ¿de dónde surge realmente la inspiración?

No del aislamiento disciplinar, no de conocer cada detalle técnico de un solo campo, sino precisamente de la intersección entre saberes aparentemente inconexos. Las mejores ideas nacen cuando conectas conceptos de territorios diferentes: la física con el arte, la música con la animación, la arquitectura con la botánica…
Es cierto que si exploras muchos campos probablemente no llegarás a dominar ninguno con una profundidad enciclopédica. No serás un «verdadero experto» dedicado exclusivamente a una especialidad. Pero también es verdad que tendrás acceso a conexiones, asociaciones y soluciones imposibles para quien solo conoce un territorio.
Nuestra mente no funciona de manera lineal y compartimentada; funciona por asociación y analogía, por patrones que reconoce en contextos diversos.
Cada nuevo conocimiento, por superficial que sea al principio, añade una pieza al tablero donde jugamos a crear. Cuantas más piezas tengas, más jugadas posibles podrás realizar.
Abracemos, entonces, el «superpoder de la mediocridad». No nos dejemos condicionar por un saber purista que insiste en la hiperspecialización como única vía hacia la excelencia. La verdadera innovación, esa que cambia paradigmas y abre nuevos caminos, viene de los que saben lo suficiente de muchas cosas como para ver conexiones que nadie más puede ver.
Y aquí es donde llegamos a un punto crucial: para que la mediocridad se convierta en ese terreno fértil del que hablamos, primero necesitas hacer las paces con su compañero inseparable: el error.
Hemos desarrollado una relación profundamente tóxica con el error. En algún momento el fallo ha pasado de ser una parte natural del proceso creativo a convertirse en algo que debemos evitar a toda costa, ocultar si ocurre y corregir con urgencia antes de que alguien lo note. Esta mentalidad no solo es agotadora, sino que nos está robando oportunidades creativas extraordinarias.
Fallar no es lo mismo que fracasar. Fallar es parte del aprendizaje, es el método que usa la creatividad para expandir sus límites. Cada fallo te enseña algo valioso sobre tus herramientas y procesos. Te muestra qué funciona y qué no, qué caminos tienen potencial y cuáles son callejones sin salida. El fracaso, en cambio,solo ocurre cuando te rindes, cuando dejas que el error te paralice y decides no extraer ningún aprendizaje de él.

Cuando no te permites fallar bloqueas completamente tu estado de flow. Ese estado mental en el que la creatividad fluye sin fricción solo es posible cuando te sientes libre para experimentar sin consecuencias. La clave está en cambiar tu relación con el proceso: disfrutarlo en lugar de temerlo, y dejar de esconder los errores como si fueran vergüenzas profesionales. Los errores son, en realidad, la huella visible de tu creatividad en acción.
Piensa en cuántas veces una simulación de partículas ha producido un resultado completamente inesperado que, al observarlo con curiosidad, te ha dado la solución perfecta para otro problema. O ese shader que no se comportaba como habías planeado pero que generó una textura que nunca hubieras conseguido intencionalmente. Ahí, en esos momentos de desviación del plan original, es donde puede nacer la verdadera magia.
La historia está llena de descubrimientos revolucionarios que nacieron del error. Los Post-it, son el ejemplo perfecto. En 1968, el químico Spencer Silver, trabajando para 3M, intentaba crear un adhesivo extremadamente fuerte para aplicaciones industriales. En lugar de eso, obtuvo un pegamento débil que se despegaba con facilidad. Durante años, ese «error» fue ignorado, hasta que su compañero Art Fry, tuvo una gran idea: ese adhesivo «fallido» era perfecto para marcar páginas sin dañarlas. De un fallo nacieron las notas adhesivas más icónicas del mundo, un producto que ha generado miles de millones de dólares.
Por lo tanto, el error no es tu enemigo. Es tu compañero de viaje más honesto, el que multiplica exponencialmente tus opciones, conocimiento y repertorio de soluciones imprevistas. Cada fallo que cometes es una bifurcación en el camino que te abre nuevas posibilidades, nunca consideradas si todo hubiera funcionado perfectamente desde el principio. Así que abrázalo, documéntalo y si quieres, ponlo en un Post-it como recordatorio de que fallar es la clave del éxito.

Aquí viene la ironía más hermosa de nuestro trabajo: cuanto más perfectos intentas hacer una textura, animación o modelado, más falso termina viéndose. El mundo real está plagado de imperfecciones y de ese caos que tu cerebro reconoce instintivamente como auténtico. Cuando eliminas cada mínima imperfección, creas algo técnicamente impecable pero emocionalmente hueco.
La perfección, por su propia naturaleza, no admite evolución. Por definición, si logras algo perfecto, ya no puedes mejorarlo. La mediocridad, en cambio, está repleta de potencial: puede crecer, mutar y convertirse en algo completamente diferente.
La historia de la animación y los efectos visuales está repleta de ejemplos que validan este enfoque. Cada gran película de Pixar, comenzó con storyboards toscos, dibujos rápidos y poco refinados que servían únicamente para capturar una idea antes de que se evaporara. Las revolucionarias películas de Avatar iniciaron su camino con prototipos que cualquier espectador consideraría ridículamente primitivos comparados con el resultado final. Pero esos primeros pasos mediocres fueron esenciales alcanzar la excelencia.
Ed Catmull, cofundador de Pixar y una de las mentes más brillantes de la industria, lo expresó con claridad en su libro Creatividad, S.A.: «Nuestro trabajo como ejecutivos de un entorno creativo es proteger las nuevas ideas de aquellos que no comprenden que para que surja la grandeza debe haber fases más mediocres». Esta protección consciente del proceso imperfecto es lo que permite que las ideas germinen y crezcan sin ser podadas prematuramente por estándares de perfección que todavía no corresponden aplicar.

Este enfoque no es una invitación al conformismo, sino todo lo contrario: es una invitación radical a empezar. A experimentar sabiendo que vas a fallar, sabiendo que todo camino atraviesa, inevitablemente, territorios de mediocridad y error. Eliminando la parálisis por análisis que surge cuando lo quieres todo tan perfecto que terminas sin hacer nada.
La próxima vez que tengas una idea, no esperes el momento idóneo para ejecutarla. Hazla con las limitaciones que tienes ahora. Hazla torpe, incompleta y experimental. Hazla ya. Porque entre una idea perfecta que permanece en tu cabeza y una idea mediocre que conviertes en algo tangible, la segunda siempre ganará, porque es el primer paso hacia algo real.
En el budismo Zen existe un concepto llamado «shoshin«, que significa «mente de principiante». La idea es simple: la mente del principiante está llena de posibilidades. Cuando te acercas a algo con ojos nuevos, sin el peso de «ya sé cómo funciona esto», el mundo se abre de formas imposibles para quien cree haberlo visto todo.
Esto es exactamente lo que hemos estado explorando en este artículo. Ese punto de equilibrio que te permite mantener una mente de principiante, mirando cada disciplina con curiosidad fresca, sin las restricciones mentales que impone la maestría.

Te permite ser ese artista que entiende el “pipeline” completo, que puede dialogar fluidamente con diferentes departamentos y tender puentes entre disciplinas. Ese «mediocre» que no es el mejor en nada específico pero que tiene una caja de herramientas variada y resulta ser, cada vez más, exactamente lo que los equipos creativos necesitan.
«Así que al dicho de «quien mucho abarca, poco aprieta»: en el contexto de la creatividad y la innovación, toca dejarlo atrás».

Porque la realidad es que cuando abarcas mucho, tienes acceso a conexiones imposibles. A la perspectiva del que está a mitad de la montaña, mirando en todas direcciones, viendo patrones y posibilidades que desde la cima simplemente ni siquiera se contemplan.
La próxima vez que sientas la presión de ser perfecto, recuerda esto: una textura bien hecha es una textura imperfecta que cuenta una historia. Un proceso creativo honesto es aquel que deja espacio al error. Y una carrera satisfactoria no es la que te lleva a la cima de una sola montaña, sino la que te permite explorar muchas, aprendiendo algo valioso en cada una.
Permítete fallar, permítete experimentar sin la carga de tener que ser brillante en cada intento. Porque solo cuando te quitas el peso paralizante de la perfección es cuando realmente puedes crear algo extraordinario.
«Al final, si no te permites ser mediocre, nunca legarás a ser brillante».

AUTORA
Directora creativa | Diseñadora
Redactora y editora creativa en Renderout!