De la idea al papel

Cuando una idea te venga a la cabeza, lo primero que vas a pensar tiene dos posibles vertientes: “Qué idea más buena” o, por el contrario, “qué idea más absurda”. Durante un par de días vas a madurarla, darle vueltas, compararla con otras películas o series que ya has visto y entonces llegará el pensamiento inevitable: “¿Por qué esas historias están bien y la mía no iba a estarlo?”

Edgar de Benito

Ahí está el quid de la cuestión. Pero antes de entrar en detalles quiero hablarte de cómo una idea puede convertirse en todo un universo e incluso en una forma de vida para cualquiera de tus espectadores. El truco no está en hacer al mejor protagonista, ni en crear un personaje complejo “para intelectuales”, con un trasfondo tan denso que tengas que estudiarlo durante días para entenderlo. Siempre diré que lo más sencillo se asimila mejor.

Cuando llegas de trabajar tras “muuuchas” horas aguantando lo que sea que estés aguantando, no sueles ponerte una película de Nolan. A lo mejor te ves “Aquí no hay quien viva”, “Aída”, o si nos ponemos más internacionales, “Scrubs”, que, por cierto, es mi serie de live action favorita.

Y estas no son series malas, de hecho, son excepcionales. Son “ligeras”, sí, pero eso no significa superficiales. Muchas veces, que algo sea sencillo lo hace más eficaz.

En mi caso, aparte de estudiar muchísimos años guion, me he dado cuenta de que podría haber ahorrado bastante dinero y tiempo de cursos simplemente prestando atención a lo que ya está hecho. No hay mayor profesor que tú mismo, junto a un bolígrafo y un papel en blanco, destripando la película, serie o cortometraje que quieras analizar. Pregúntate siempre: ¿Por qué esta escena es tan buena? ¿Por qué me afecta sentimentalmente? ¿Por qué esta otra no?

Lo importante al contar una historia

El trabajo más importante de un guionista es hacerse las preguntas adecuadas. Si sabes hacerlo bien, no tendrás quien te pare. Así que deja de intentar hacer “cosas que no se hayan hecho antes” y ponte a trabajar en lo que realmente quieres contar.

Empecemos, como es lo lógico, por el principio. Supongamos que tienes una gran historia: épica, con aventuras colosales y un trasfondo digno de George R. R. Martin. Bien… entonces hazte una pequeña pregunta: “¿De qué va?” Puede parecer una pregunta sencilla, pero aquí está la gran diferencia entre alguien que ya ha tomado muchos cafés y quien aún está asomando la cabeza.

Pongamos un ejemplo: ¿De qué va “Steven Universe”? Quizás no la hayas visto, es una serie de animación 2D de Cartoon Network, pero si no la conoces te invito a echarle un vistazo. La mayoría diría: “Va de un chaval con poderes que vive aventuras junto a una especie de extraterrestres que ayudan a los humanos”. Mal. Eso no es de qué va, eso es la trama.

¿Entonces, de qué va “Steven Universe”? Muy sencillo: va de las personas trans, de quienes no se sienten a gusto con cómo son pero que tienen que seguir adelante en un mundo que puede, o no aceptarlas y aun así debes seguir adelante. Ahí es donde empieza tu historia: cuando la metáfora revela el alma de lo que quieres contar.

Estamos hartos de historias de caballeros, princesas y dragones superficiales. Pero… ¿y si lo que quieres contar se viste de seda? A veces tienes una historia casi terminada, a la que le falta esa chispa que la haga presentable. Es justo en ese momento cuando debes preguntarte: “¿De qué va mi proyecto de verdad?”

El Mega robo

Recuerdo cuando tenía en mente una serie llamada “Ozelot”. Yo simplemente quería hacer una historia de un tipo ultra poderoso que se enfrentaba a criaturas mitológicas de todo el mundo. Una especie de cowboy mitológico. Suena interesante, ¿verdad? O al menos eso creía yo.

Pero cuando fueron pasando los años y fui madurando la idea, me di cuenta de lo vacía que estaba. Y fue entonces cuando me dije a mí mismo: “A estudiar.”

Me puse a estudiar todas las mitologías del mundo. Algo que ya había hecho 20 años atrás, pero esta vez en serio: conviví con judíos durante seis meses, disfrutando de sus festividades y actividades; hablé con imanes, con obispos, etnólogos de varios países, con todo tipo de personas que pudieran ayudarme a entender qué era realmente de lo que quería escribir.

Y me di cuenta de lo más importante, algo tan básico, no solo para la historia sino para el ser humano: Somos estúpidos. Culturas tan similares, que han bebido tanto una de la otra, y aun así insistimos en inventar fronteras. Entonces vi de que iba realmente “Ozelot”: Va de que las barreras que nos ponemos entre culturas son imaginarias, y que realmente todos somos parte de uno solo. Estupendo, ¿verdad? Sí, pero no hay historia sin conflicto.

“Ozelot” es el ser que mantiene todo eso a flote. Entonces… ¿qué pasaría si desaparece? Si ocurre algo que lo saca de la ecuación y todo empieza a venirse abajo. Ahí no solo tienes la historia, lo tienes todo. Si consigues que tu público se haga esa pregunta: “¿Qué va a pasar ahora?” habrás conseguido algo muy difícil, créeme: muy difícil.

No voy a destriparte mucho más sobre “Ozelot”, porque aún sigo trabajando en ello, pero creo que era un buen ejemplo de descubrimiento de uno mismo. También vas a enfrentarte a pura basura. Y aquí quiero pedir permiso a mi grandísimo amigo Víctor Marín, para hablarte de “Villa Fábula”.

Una serie que no solo nos unió como familia, sino que nos hizo entender lo importante que es respetar las líneas rojas de una historia.

Edgar de Benito, Víctor Marín y Darko Peric en el Festival de Cine de Málaga

Aún llevaba poco trabajando con Víctor y muchísimo menos tiempo en “Villa Fábula”. Para quien no lo conozca, es un proyecto de animación con el que ganamos un premio en el Weird Market de 2020 y con el que el ICAA nos seleccionó para representar a España en Ventana Sur (Argentina).

Teníamos que escribir un nuevo episodio para completar los tres necesarios para la presentación. Después de muchas horas dándole vueltas con José Eduardo Gimeno, un gran colaborador que, desgraciadamente, ya no está entre nosotros y al que recordamos con muchísimo cariño, llamamos a Víctor con la inocencia y felicidad de un niño al que acaban de timar. Le contamos nuestra idea, convencidos de que iba a estallarle la cabeza de emoción. Pero lo único que nos llevamos fue un golpe… que ni el coyote de los Looney Tunes.

Lo que teníamos en mente era una auténtica porquería. Y no porque no fuese buena idea, que puede que un poco también, sino porque no encajaba. No iba con la temática de la serie, no era lo suficientemente fina como para sostener el tono que habíamos construido. Fue una lección enorme. A lo mejor ahora estás pensando que escribir es muy complicado. Pero no lo es mucho más que hablar un idioma. Y te apuesto lo que quieras a que mínimo sabes hablar uno porque si no, no estarías leyendo esto.

Aprender a escribir guion es igual: paciencia, observación y práctica. Si consigues eso, acabarás entendiendo los entresijos de la narración. Para mí, un guion es pura matemática acompañada del arte de la sorpresa. Da igual qué género escribas: si una persona sabe cómo va a acabar tu escena, más te vale que haya sido intencionado para crear tensión u otra sensación controlada. No hay nada peor que alguien salga del cine diciendo: “Se veía venir.” Porque sí… hay mucho listillo que va al cine para ver únicamente los fallos sin disfrutar de lo que está viendo.

Ahora voy a meterme en camisa de once varas. Siento decirte que eso de que las películas tienen tres actos está muy bien… hasta que llevas un tiempo y te das cuenta de que esas cadenas empiezan a pesar. Sí, la estructura en tres actos funciona. Es un punto de partida. Pero cuando la dominas, te das cuenta de que puedes romperla con conocimiento y llegar a lugares narrativos más ricos.

Yo, por ejemplo, ya no hago largometrajes de menos de cuatro actos. Para mí, un buen punto intermedio, ese momento que te explota la cabeza o cambia por completo tu percepción de lo que estabas viendo, es esencial. Si mi historia no tiene eso, no va conmigo.

¿Tu historia lo necesita? Tal vez no. Pero lo importante es que tú sepas por qué estructuras como estructuras.


Así que vamos al grano: ¿Cuál es la mejor estructura para tu historia? Tan sencillo y complicado como lo que llevo diciéndote desde el principio: analiza. Y no me refiero a leer un resumen en internet. Me refiero a “destripar”. Coge un bolígrafo, un papel y mira películas parecidas a la que quieres hacer. Pregúntate por qué una escena te emociona y otra te deja frío.

Analiza la mejor película del mundo y la peor también. Porque en la primera entenderás la inspiración, y en la segunda descubrirás lo que no hay que hacer. Solo así entenderás cómo funcionan las emociones en el espectador.

Te recomiendo, de verdad, empezar por el libro “Save the Cat” (Salva al gato). Para mí fue mi biblia durante años. No porque sea una fórmula mágica, no la hay, sino porque te enseña a identificar el latido narrativo que hay detrás de cualquier historia que funcione. Una vez hayas estudiado, destripado y revisado tus películas de referencia, te propongo un ejercicio muy concreto: Empieza por la escena más importante de tu historia.

Esa que es tan buena que solo por ella vale la pena todo lo demás. Esa que define tu tono, tu emoción y tu visión. A partir de ahí, construye las demás. Pregúntate qué escenas o qué personajes pueden hacer que esa escena brille aún más. Déjame ponerte un ejemplo, y si no has visto “Jojo Rabbit”, te aviso: viene un “spoiler”. Cuando la madre del protagonista aparece colgada en la plaza, esa escena tiene un poder devastador. Pero no sería igual sin la preparación previa.

La película, desde el primer acto, nos muestra la relación del niño con su madre. Nos la hace entrañable, empática, luminosa. Nos muestra su ternura, sus juegos, sus ideas. Esa es La pistola de Chéjov: un elemento introducido antes que cobra relevancia más tarde. Sin esa construcción, la escena del ahorcamiento no tendría fuerza emocional. Si no conociéramos al personaje, nos daría igual.

Por eso siempre digo: Si te muestran mucho pasado de un personaje… lo siento, va a morir. Y si además está a punto de jubilarse o se le ve demasiado feliz, ya puedes apostar que no sale del tercer acto. La estructura es el esqueleto, pero las escenas son el músculo. Y un cuerpo sin músculo no se mueve. Cada escena debe tener alma propia. Cada una debe empezar y terminar, contener su pequeña historia interna. Una escena que no tenga principio, desarrollo y cierre, aunque sea simbólico, no está viva. Cualquier persona que llegue a tu película, incluso si empieza a verla a los 45 minutos, debe poder seguir el hilo emocional. No hace falta que entienda todo lo que ha pasado, pero sí que quiera saber qué pasa después y que ha pasado antes. Esa es la clave: mantener el deseo de seguir mirando.

Y aquí quiero que te olvides un momento de la palabra “historia”. “Pero Edgar, quiero ser guionista, tengo que contar historias”, Si, cansino… pero antes de eso tienes que saber transmitir emociones.

Sin emoción, no hay historia que sobreviva. Y para mí, hay una película que me enseñó esto mejor que cualquier libro: “American Beauty”. No es mi favorita, pero la vi después de haber leído muchísimos manuales de guion, y cada vez que la reviso, aprendo algo nuevo.


El guion es un prodigio de estructura. Te recomiendo verla y analizarla mínimo cuatro veces. Cada vez vas a ver cosas que no habías visto antes, créeme, tiene un nivel de detalle impresionante. Hay varios recursos que pueden ayudar a que tu historia tenga más chicha: La pistola de Chéjov: muestra algo aparentemente irrelevante al principio que luego se vuelve crucial. El“corre, corre, que te pillo”: esa cuenta atrás que se acelera justo cuando el protagonista tiene menos tiempo que nunca.

Si los usas bien, tu historia respirará de forma orgánica. Además, hay muchísimas herramientas como esas que te invito a descubrir por tu cuenta.  Pues bien. Ya tienes la estructura (el esqueleto) y las escenas (los músculos). Ahora necesitas lo que realmente da vida al cuerpo: los personajes.

Porque sin personajes vivos, todo lo demás se derrumba. Y no me refiero a personajes “complejos” en el sentido de necesitar una enciclopedia para entenderlos. Me refiero a personajes reales, humanos, emocionales, que el espectador pueda reconocer y empatizar con ellos. ¿Si puedes empatizas con una esponja que vive debajo del mar, porque no ibas a poder empatizar con muchas otras cosas?

No hay nada peor que un personaje que no hace nada, que cuando te va a dar la mano, se la intentas apretar y te das cuenta de que parece “blandiblú”. Es una sensación horrible… A no ser que no sea el protagonista, claro, entonces puede ser gracioso, pero si tu protagonista es muy pasivo, estás en problemas. A no ser que tengas una gran historia alrededor de eso. Te invito a hacer un ejercicio con ello. Como ves, todo depende de todo. Y si quieres profundizar de verdad en la construcción de personajes, hay un libro que para mí es una joya: “Creating Character Arcs” de K.M. Weiland. Lo siento, solo está en inglés. Pero si puedes leerlo, te aseguro que te va a enseñar no solo a crear personajes increíbles, sino a estructurarlos dentro de tu historia.

Ahora que tienes la estructura, las escenas y los personajes, toca escribir. Y aquí viene la parte más importante y la más dura: Vas a escribir basura. Sí, lo digo sin rodeos. Tu primer borrador va a ser un desastre. Y eso es maravilloso. Porque escribir es, ante todo, confiar en el proceso. Tienes los pilares, la estructura, ahora toca rellenar los huecos con material orgánico, aunque esté lleno de imperfecciones. Y cuando termines ese primer borrador, lo primero que vas a pensar es: “Vaya montón de $%&#@”

Pero créeme, no hay mejor lugar desde el que trabajar que un texto imperfecto que existe. Porque una hoja en blanco amarga hasta la fruta más dulce. Ahí es donde empieza el oficio de verdad: reescribir, cortar, entender qué querías decir de verdad. Y ese proceso, por frustrante que sea, te enseña más que cualquier máster.

Otro consejo que no puedo dejar pasar: rodéate de gente sincera. No de quienes te dicen “qué guay todo” porque no quieren herirte. Rodéate de los que, si lo que has escrito es una auténtica basura, te lo dicen. Esa gente vale oro. No son envidiosos ni crueles; son los que te quieren de verdad. Los que entienden que mejorar implica escuchar lo que duele. Deja el ego a un lado. A veces, una crítica incómoda te ahorra tres meses de trabajo ciego. Y recuerda que todos somos espectadores. Si algo no conecta, si no emociona, si no genera reacción… hay que revisarlo.

«Voy a darte un último consejo, un poco contradictorio, pero absolutamente necesario. Escribe lo que te gusta, lo que tú querrías ir a ver. Esa tiene que ser tu brújula. Porque si escribes solo para gustar, perderás tu voz. Y si escribes solo para ti, te quedarás hablando solo. La clave está en el equilibrio. Haz lo que amas, y luego busca cómo acercarlo al público».

Los productores no suelen apostar por “cosas nunca vistas”. Pero si eres capaz de vestir tu visión con una estructura sólida, con emoción, con sentido y lo más importante, unos pocos ejemplos de antecedentes exitosos semejantes a tu idea, podrás abrir puertas. Si has leído hasta aquí, gracias. Y si además has llegado con la cabeza llena de ideas y las manos con ganas de escribir, mejor aún.

Has recorrido conmigo un camino que empieza con una chispa absurda y termina con un universo entero. Hablamos del “de qué va”, de “Ozelot”, de los errores de “Villa Fábula”, de estructuras, escenas, personajes y, sobre todo, de emociones. Si algo quiero que te quede claro, es esto: No se trata de hacer algo que no se haya hecho antes. Se trata de contar lo que de verdad quieres contar.

Porque al final, la escritura no va de inventar mundos imposibles, sino de entender el nuestro. Y si logras emocionar, aunque sea a una sola persona, habrás hecho algo enorme. Así que, de verdad, gracias por leerme. Y gracias por leer Renderout!, que es un pedazo de revista.

Nos vemos en los festivales. Y ojalá, entre café y café, hablemos de tus historias. Un abrazo enorme y sigue escribiendo.

AUTOR

Edgar de Benito

Productor Creativo en Invictus Designs Productions

COMPARTE ESTE CONTENIDO